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Un día en la praderaGratis

Un día en la pradera

Rojito quiere conocer a los pequeños habitantes de la pradera, pero todos huyen de él. El caracol conoce un truco muy despacito para arreglarlo.

  • Animales
  • Edad: 2–4 años
  • 4 min de lectura
  • Narrador 4:09

El cuento completo

Por la mañana, el zorrito Rojito salió a una pradera llena de flores. El sol calentaba, y la hierba le llegaba hasta la nariz. Olía a trébol y a manzanilla. —¡Hoy conoceré a todos los habitantes de la pradera! —gritó Rojito. Y echó a correr: ¡hop, hop, hop!

En una margarita estaba posada una mariquita. Pero cuando llegó Rojito corriendo, se escondió bajo una hojita. La mariposa echó a volar muy alto. La abejita hizo bzz y desapareció. A Rojito se le cayeron las orejas, y la colita le colgó triste. Sintió mucha pena.

—Tengo que buscar más rápido —pensó. Corría y miraba debajo de las hojas. —¡Eh! ¡Salid, salid! —llamaba cada vez más fuerte. Pero solo susurraba la hierba: shh, shh. Nadie se asomó. Rojito, sin aliento, se dejó caer al suelo.

Por un tallo de hierba iba un caracol con su casita a cuestas. Era el más lento de todos. —¿Adónde vas tan deprisa? —preguntó Rojito. —A ninguna parte. Me gusta mirar el mundo despacito. Asomó los cuernitos y sonrió.

—Y todos se escapan de mí —suspiró Rojito. —Yo también corría antes —dijo el caracol. —¡Tan deprisa que mi casita daba saltos! Rojito soltó una carcajada. —Y entonces no veía nada —añadió el caracol. —Ahora me siento quietecito y miro despacito. Prueba conmigo.

Rojito se sentó junto al caracol y respiró hondo. —Me siento quietecito, miro despacito —susurró. Al rato, de debajo de una hojita salió la mariquita. —¡Tengo siete puntitos! —presumió. Rojito los contó: ¡una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete!

—Me siento quietecito, miro despacito —susurró otra vez Rojito. Cerca pasó volando una mariposa. Se posó en el trébol. Tenía las alas amarillas como el sol. Las abría y las cerraba, las abría y las cerraba. Parecía una flor que sabe volar.

—Me siento quietecito, miro despacito —susurró por tercera vez. Detrás de la mariposa llegó la abejita. Bzz, bzz… recogía el dulce néctar. El néctar es el jugo que se esconde dentro de las flores. —Llevaré el néctar a la colmena —zumbó la abejita—. ¡Con él haremos miel!

El caracol se escondió en su casita para echar una siesta. De pronto, en la hierba algo hizo: ¡cri, cri! En un tallo estaba posado un saltamontes verde. Las patitas de Rojito querían salir corriendo solas. Pero Rojito se quedó quieto. —Me siento quietecito, miro desp… —empezó él solito. ¡Hop! ¡El saltamontes saltó justo sobre su nariz!

Rojito ni se movió, solo se le reían los ojos. Al ratito, el saltamontes volvió de un brinco a la hierba. El caracol asomó de su casita. —La pradera ha venido a ti solita —susurró. Juntos miraron despacito. La pradera era todavía más bonita.

Al atardecer, el sol se puso rosa. La mariquita se durmió bajo su hojita. La abejita llevó a la colmena el último néctar. Rojito volvió a casa pasito a pasito. Entre la hierba cantaban bajito los grillos. En su madriguera se hizo un ovillo y cerró los ojos. Buenas noches, Rojito.

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