GratisEl erizo Pincho y la tormenta de enfado
Cuando el erizo Pincho se enfada, sobre su cabeza aparece una nubecita de tormenta. El zorrito Rojito conoce una forma tranquila de calmarla.
- Emociones
- Edad: 4–6 años
- 7 min de lectura
- Narrador 7:00
El cuento completo
Era una tarde cálida y ventosa. El erizo Pincho estaba sentado bajo un pino viejo, construyendo una torre de piñas. Ponía una piña sobre otra, despacito y con muchísimo cuidado. La torre ya era casi tan alta como él. —¡Una más y será la más alta de todo el bosque! —susurró. Entonces sopló el viento y la torre se vino abajo. Las piñas rodaron por el musgo hacia todos lados.
Pincho dio un pisotón. Se le pusieron rojas las mejillas, y le ardían. Las púas del lomo se le erizaron como un cepillo. Las patitas se le cerraron solas en dos puñitos duros. En la barriga le rugía y le retumbaba algo. Sobre su cabeza apareció una nubecita oscura, y de ella salió un relámpago. Era la nubecita del enfado. Aparecía siempre que Pincho se enfadaba mucho.
—¡Vete de aquí! —le gritó Pincho a la nubecita. Tomó aire y sopló con todas sus fuerzas: ¡fu, fu, fu! Pero la nubecita no se marchó. Se hinchó, creció y se puso todavía más oscura. Pincho empezó a colocar las piñas otra vez, a toda prisa. Le temblaban las patitas, así que las piñas se le caían una tras otra. De la nubecita le cayó una gota justo en la nariz: plic, plic. —¡Nada me sale bien! —bufó, y se sentó en el musgo.
Justo entonces llegó por el sendero el zorrito Rojito. Vio las piñas desparramadas y la nube oscura sobre la cabeza de su amigo. Se sentó a su lado, pero no demasiado cerca, para que las púas no lo pincharan. —Veo que estás muy enfadado —dijo con calma. —¡El viento me ha tirado la torre! —gruñó Pincho. —¡Y la nubecita no quiere irse, aunque soplo y soplo! —Sé cómo es eso —asintió Rojito—. Yo también tuve una nubecita así una vez.
—Una vez dibujé con un palito un sol enorme en la arena —contó Rojito—. Tenía rayos hasta el mismísimo sendero. Y entonces cayó la lluvia y se lo llevó en un momento. El zorrito suspiró solo de acordarse. —Entonces también apareció sobre mí una nubecita de enfado. Soplé y soplé con todas mis fuerzas, igual que tú. —¿Y qué pasó? —preguntó Pincho desde detrás de sus púas erizadas. —Crecía y crecía —se rio Rojito—. A las nubecitas de enfado no les gustan las prisas. Les gusta la respiración tranquila. Te lo enseño.
Rojito levantó una patita, como si sostuviera una flor. —Aire por la nariz, como para oler una flor —dijo. Luego levantó la otra patita, como si sostuviera una vela. —Y lo sueltas por la boca, como para apagar una vela. Pero despacito, para que la llama solo baile. Pincho lo intentó. Olió una flor invisible y sopló una vela invisible. Huelo la flor. Soplo la vela. La nubecita dejó de lanzar relámpagos y solo murmuraba bajito.
—Otra vez —susurró Rojito. Huelo la flor. Soplo la vela. De la nubecita ya solo cayeron unas gotitas diminutas. Las púas del lomo del erizo se fueron aplastando poco a poco. Huelo la flor. Soplo la vela. Con cada respiración, la nubecita se hacía más pequeña y más clara. Al poco rato solo quedó de ella una nubecita blanca, redonda como un aro. Parecía un copo de algodón: chiquitito y esponjoso.
—¿Y ahora la torre? —preguntó Rojito. Pincho asintió y por fin sonrió. Empezó a construir la torre otra vez. Esta vez, con Rojito. —Primero, la base —dijo el zorrito—. La base es la parte de abajo de la torre. Sobre ella se apoya todo lo demás. Colocaron sobre el musgo un círculo ancho con las piñas más grandes. Encima pusieron otras más pequeñas, y en la punta colocaron una piñita diminuta. La nubecita blanca flotaba sobre Pincho y miraba la obra con curiosidad.
De pronto volvió a soplar el viento. La torre se tambaleó, y la piñita de la punta cayó a los pies de Pincho. El erizo sintió que las mejillas volvían a ponérsele calientes. La nubecita sobre su cabeza empezó a oscurecerse. Pero esta vez Pincho cerró los ojos él solito. Huelo la flor. Soplo la ve… Ni siquiera tuvo tiempo de terminar, porque la nubecita se aclaró y se fue volando muy alto, ligera como una pluma.
Pincho abrió los ojos y se rio bajito. —Me he enfadado un poquito —dijo—. Pero ya se me está pasando. ¿Me das esa piñita? Rojito se la dio con una sonrisa. Pincho puso la piñita en la punta de la torre, con cuidado, como el tesoro más valioso. Cuando el viento sopló por tercera vez, la torre solo se meció un poquito. La base ancha la sujetaba bien firme. Y Pincho, por si acaso, olió una flor invisible.
Al anochecer, el sol se escondió detrás de los pinos. La torre de piñas se quedó bajo el árbol, dorada por los últimos rayos. Pincho ya estaba acostado en su camita de hojas blandas. Hizo una última respiración lenta, de buenas noches. Huelo la flor. Soplo la vela. Por el cielo cada vez más oscuro pasó una nubecita blanca. En la hierba, los grillos cantaban muy bajito. Buenas noches, Pincho.



